No sé si era la noche o yo mismo quien te perseguía,
y ambos te atrapamos bajo las sábanas.
Y el lugar sí importa.
Y la luz que dejó de existir.
Yo sé que eras tú quien me perseguía, y la noche
y las dos me atrapasteis bajo las sábanas.
Y el recuerdo sí importa.
Y el vino que no bebimos antes de besarnos.
La noche me hacía el amor y yo te lo hacía a ti.
Un trío tranquilo.
Y la luna sí importa
Y los ojos de vosotras dos que no podía distinguir.
La noche es una amante ciega y bella,
tú eres un hada de ese mundo equivocado.
Desde que no estoy contigo, ando poniendo estrellas
una a una en ese cielo de tu olvido.
Chuff!!
sábado, diciembre 19, 2009
lunes, diciembre 14, 2009
Marrano el torpe
.
Marrano tiene menos tacto que un rinoceronte. Sólo con la cara que les pone ya saben que los va a matar, no hay forma de enseñarle esa manera condescendiente de mirar a los infelices. Mira que le tengo dicho; vienen cagados de miedo y yo me preocupo para que sus últimos minutos los pasen tranquilos e imaginando que van a salir de aquí vivitos y coleando, para que luego él eche por tierra todos mis esmeros. Marrano espera de pie en una esquina de la habitación y su americana blanca centellea una silueta siniestra. Esa táctica es buena, me gusta, porque estas personillas no puede entrar a verme y pretender salir de aquí sin ningún castigo. Pero de ahí ponerles esa cara que les pone, sin ni siquiera quitarse el sombrero, hasta a mí me confunde a veces, porque ya olvidé cómo conseguí amedrentarlo. Da igual, imagino que en el fondo le gusta hacer lo que hace.
Ayer entró don Wenceslao lloriqueando. No pude menos que levantarme de mi silla, bordear la mesa y darle un abrazo. El muy cabrón me había estado robando a la cara y quizá pensara que unas cuantas lagrimitas le iban a salvar de mi castigo. Pero qué sería de mí si me dejara engañar por esta gente. Soy escrupuloso con estas cosas. Me contó lo que cuentan todos, que necesitaba el dinero para esto y para lo otro. Me contó que su hija se casará el mes que viene y que le daba vergüenza decirle a su yerno que no tenía dinero ni para el vestido de novia. Yo sé que su hija es más puta que las gallinas, para qué iba a querer esa zorra un vestido de novia. Pero le sonreí; le sonreí en el mismo momento que supe que lo iba a matar y él se tranquilizó. Eso es un arte. Es sublime ver cómo dobla las manos un corderito cuando escucha unas palabras cariñosas. Para qué estoy aquí yo si no es para ayudar a mi gente. Marrano es una estatua blanca que Wenceslao aún no puede ver porque está a su espalda y el contraluz de mi sillón le nubla la visión de cualquier sombra a su alrededor. Que bonito es todo esto, la luz serpentea el aire cuarteando los objetos y yo sé que nadie se puede resistir al afecto que les ofrezco, a la deferencia con la que les ofrezco un cigarro y una copa de vino. Le dije que no podía entender porqué no me había pedido el dinero antes, que para eso están los amigos, para qué si no. Me llena de gozo ver cómo se tranquilizan. El infeliz comenzó a hablar sin pausa, pero yo le impuse mi respeto y lo entendió. Son buenas personas.
Don Wenceslao se dio la vuelta y vio a Marrano inmóvil en su esquina sombría. Entonces debió de darse cuenta de que había estado allí todo el tiempo, y en ese preciso instante supo que iba a morir. Qué bruto es Marrano, me deprime. No sé qué voy a hacer con este torpe que no sabe cómo tratar a la gente normal.
Chuff!!
Ayer entró don Wenceslao lloriqueando. No pude menos que levantarme de mi silla, bordear la mesa y darle un abrazo. El muy cabrón me había estado robando a la cara y quizá pensara que unas cuantas lagrimitas le iban a salvar de mi castigo. Pero qué sería de mí si me dejara engañar por esta gente. Soy escrupuloso con estas cosas. Me contó lo que cuentan todos, que necesitaba el dinero para esto y para lo otro. Me contó que su hija se casará el mes que viene y que le daba vergüenza decirle a su yerno que no tenía dinero ni para el vestido de novia. Yo sé que su hija es más puta que las gallinas, para qué iba a querer esa zorra un vestido de novia. Pero le sonreí; le sonreí en el mismo momento que supe que lo iba a matar y él se tranquilizó. Eso es un arte. Es sublime ver cómo dobla las manos un corderito cuando escucha unas palabras cariñosas. Para qué estoy aquí yo si no es para ayudar a mi gente. Marrano es una estatua blanca que Wenceslao aún no puede ver porque está a su espalda y el contraluz de mi sillón le nubla la visión de cualquier sombra a su alrededor. Que bonito es todo esto, la luz serpentea el aire cuarteando los objetos y yo sé que nadie se puede resistir al afecto que les ofrezco, a la deferencia con la que les ofrezco un cigarro y una copa de vino. Le dije que no podía entender porqué no me había pedido el dinero antes, que para eso están los amigos, para qué si no. Me llena de gozo ver cómo se tranquilizan. El infeliz comenzó a hablar sin pausa, pero yo le impuse mi respeto y lo entendió. Son buenas personas.
Don Wenceslao se dio la vuelta y vio a Marrano inmóvil en su esquina sombría. Entonces debió de darse cuenta de que había estado allí todo el tiempo, y en ese preciso instante supo que iba a morir. Qué bruto es Marrano, me deprime. No sé qué voy a hacer con este torpe que no sabe cómo tratar a la gente normal.
Chuff!!
sábado, diciembre 12, 2009
Para A.Z. - No te olvido
.
Los dos conocemos el idioma del mar y eso ayuda. A mí me ayuda a comprender dónde estás, por qué te fuiste tan pronto, aunque veces me desconcierte cuando veo a tu hija. Se parece tanto a ti. Si por mí hubiera sido, habría arrojado tus cenizas aquí mismo, al mar, levantado en esta roca donde solíamos dejar la rompa antes de bañarnos. Pero es verdad, en aquel tiempo no entendía nada y la rabia era el único sentimiento que podía demostrar. Teníamos esa edad en la que uno se emborracha de todo, era ese momento en la vida en el que parece que la eternidad es un ángel que nos acompañará siempre. `Y no es así. A mí ya me llegó la resaca de aquellas cosas con las que nos sentíamos tan libres y ahora he aprendido a llenarme de este mar que siempre tuvimos aquí para los dos; y del aire; y de tantas cosas que no supe ver contigo. Hace un rato deseaba que hubieras estado aquí para compartirlo, pero ahora sé que ya lo haces. Aquí, sobre esta piedra junto al mar que sólo tú y yo siempre tendremos.
No te olvido.
No te olvido.
Chuff!!
jueves, diciembre 10, 2009
Silbar por no hablar (Los mudos también saben silbar)
.
Dónde quedaron las palabras,
las que robé para ti en el supermercado
y te regalé a la luz la lámpara
de cortesía de tu coche mal aparcado.
El mundo entero se divierte esta noche,
les resudan las ingles con canciones
que hablan de ese amor que no quiero darte
de putas mentiras y lamentaciones.
Ahora estamos aquí cada uno por su lado
y ya ni siquiera nos unen los míticos cables
que conectaban el terminal de nuestros
teléfonos, y aquellas charlas interminables.
Aún me queda saldo en la tarjeta,
pero la cajera está buena y me mira raro.
La encañono con los besos que no te di
para matarla con ellos y marcharme,
mudo y silbando
Chuff!!
Dónde quedaron las palabras,
las que robé para ti en el supermercado
y te regalé a la luz la lámpara
de cortesía de tu coche mal aparcado.
El mundo entero se divierte esta noche,
les resudan las ingles con canciones
que hablan de ese amor que no quiero darte
de putas mentiras y lamentaciones.
Ahora estamos aquí cada uno por su lado
y ya ni siquiera nos unen los míticos cables
que conectaban el terminal de nuestros
teléfonos, y aquellas charlas interminables.
Aún me queda saldo en la tarjeta,
pero la cajera está buena y me mira raro.
La encañono con los besos que no te di
para matarla con ellos y marcharme,
mudo y silbando
Chuff!!
jueves, diciembre 03, 2009
Quinta Martiena - Cap. IV y V (el final)
CAP. IV
Se convino que la subasta se realizara en Euros. Mi amigo ocupaba una de las butacas centrales del salón de Christie’s y yo estaba junto a él. Decidí tomarme unos días de vacaciones. Lo pensé bien. Le llamé por teléfono al día siguiente de entrar en su casa de Mundaka y le propuse que iría yo mismo con el título de propiedad del Goizeko Izarra hasta Londres. Era la ocasión perfecta, siempre me invitaba y yo no encontraba la ocasión. Hacía tiempo que no estaba en la ciudad del Támesis y echaba de menos sus museos, sus pubs y su metro abarrotado. Por otro lado, guardaba la carta del truhán del sobrino de su tatarabuelo, Juan Salvador, con la que no sabía muy bien qué hacer. Me desperté aquella mañana con la intención de volver a la mansión y devolverla al cajón de donde la había cogido. Otra opción habría sido guardar una fotocopia, pero me pareció absurdo conservar para mí un recuerdo que no me pertenecía y que, por otro lado, me daba náuseas poseer. Tampoco estaba seguro de si mi amigo sabía de la existencia de aquélla misiva y, si la conocía, qué sentido tenía para él. No imaginaba en él ningún orgullo por un pasado familiar de semejante ralea, aunque muy posiblemente, era bien sabido el modo en el que sus antepasados amasaron fortuna más allá del océano. Decidí entonces viajar hasta Londres y hablar con él. Quería transmitirle la conmoción con la que leí aquel documento, mas también tenía la necesidad de saber si todo aquel miedo extraño por los objetos que me invadió tenía algo que ver con todo ese pasado oscuro del que nunca jamás se encuentran pruebas; si él mismo era parte de esa eternidad maldita que inunda la oquedad de esa vida invisible que nunca vemos, desposeída de nostalgia. Además, todos mis recuerdos se habían trastocado, de algún modo lacerados por unos hechos que estaban ocultos en un cajón. O quizá eran todos aquellos cachivaches los que delataban su herencia misteriosa, un pretérito ignominioso que ocultó bajo la apariencia de una persona normal. Hacía años que no le veía. Cuando salí de Quinta Martiena, yo no era ya la misma persona. O todos los recuerdos felices que yo tuve de esa casa en la que pasé tanto tiempo jugando y divirtiéndome, habían cambiado repentinamente de polaridad. No dormí bien esa noche. Imaginaba al joven Juan Salvador Martín, exultante y orgulloso de pertenecer a una casta superior, fustigando a aquellos africanos secuestrados y vendidos como esclavos. Junto a él, el capitán Agirre, iracundo, dando las órdenes para que los hombres y mujeres (y niños) enfermos, o mareados, o hambrientos, o simplemente asustados, fueran encadenados en fila. Sabía que embadurnaban la cubierta con grasa, empujaban a los primeros al agua y todos caían en fila deslizándose por el combés hasta la regala y después al mar. No podía dejar de pensar en ello. Todo las vivencias que me unían a mi amigo y Quinta Martiena se habían convertido en una pesadilla continua. Las imágenes de los retratos de sus antepasados expuestos en el corredor de la casa, las figuras de bailarinas, las piezas de orfebrería hechas con monedas, cachimbas usadas, pamelas, machetes oxidados, vitolas enormes de cigarros puros, relojes de bolsillo parados, camafeos, dedales de porcelana, cachavas, botas de montar, botones dorados, anteojos, pitilleras de plata. Y mi amigo; y su padre, y su abuelo. Dios mío, todo su pasado estaba en aquella galería en la que no me atrevía a volver a entrar.
Mi amigo me recibió encantado. Le pareció buena idea que yo mismo le llevara el documento y de paso me quedara unos días con él. Sería genial conocer a su familia y de paso volver a recorrer South End juntos. Llegué el día anterior a la subasta, pero no me atreví a comentarle nada de la carta, tampoco de mi experiencia en la mansión de su familia. Había logrado convencer a su suegro y tenía el dinero con el que completar la compra si fuera necesario. La puja comenzó. El cuadro estaba expuesto en un caballete a un lado de la tarima en cuyo centro se sentaban los notarios. Al otro extremo, el subastador explicaba la procedencia y credenciales de la obra que se iba a vender. “HMS Man Of War Glatton’s fire”. El subastador explicó que el cuadro había sido cedido a la galería para su subasta por una familia de la alta sociedad británica que deseaba conservar el anonimato. El Glatton era un bergantín de tres palos, de aparejo redondo y 120 cañones en línea. Navegaba en un mar azul y blanco, en el fondo se veía la costa difuminada y el buque escupía fuego por la banda de babor en el lado derecho de la pintura. En el centro se veía la popa de otro bergantín y parte de su aleta estribor, ligeramente escorado, más adelante su trinquete caía destartalado hacia la banda escorada. Bajo la toldilla, pintado de blanco, se podía leer muy claro: «Goiseco Isarra». La marina era estupenda, el azul del cielo y el océano, la espuma de un mar atenazado por un incipiente temporal, el rojo del fuego de los cañones, los dos navíos y al fondo una grisácea tierra desconocida. Aunque yo sabía que se trataba de Cuba. La cifra de salida eran mil euros. Mi amigo levantó la mano: mil cien; otro hombre más adelante y que se había pasado la tarde adquiriendo varias piezas de valor, levantó también la mano: mil doscientos; mi amigo levantó el brazo otra vez: mil trescientos; mil cuatrocientos; mil quinientos; mil seiscientos. Hubo una pausa y mi amigo pujó en voz alta dos mil. El hombre dijo tres mil. Mi amigo cruzó las piernas con un ademán de nerviosismo: tres mil: cuatro mil, cinco mil; seis mil. El asunto comenzaba a adquirir cifras importantes. El subastador levantó el macillo de madera con el que adjudicaba las adquisiciones, pero antes de que bajara el brazo, mi amigo chilló: ocho mil. El hombre, que había permanecido de espaldas a nosotros durante todo el tiempo, volvió la cabeza. Tenía bigote y su pelo era blanco, vestía muy elegantemente, pulcro y sobrio. Volvió a enfilar el torso hacia el estrado y dijo: diez mil. Mi amigo tornó la vista hacia mí, aunque no creo que yo fuera el objeto de su visión. Volvió a recomponer su postura inicial y dijo: quince mil. Yo, entonces, me acerqué y le dije al oído en español: «¿te has vuelto loco? ¿Tanto vale ese cuadro para ti?»; y él me contestó «no te imaginas cuánto». Instintivamente, me llevé la mano al bolsillo interior de la chaqueta donde tenía la carta de Juan Salvador Martín. Volví a mirar a mi amigo que se debatía en aquel aire enrarecido por el dinero y la usura. Todo comenzaba a cobrar algo de sentido. Me acordé otra vez de la galería de Quinta Martiena y del despacho de su padre, o de su abuelo, o de sus antepasados. Todos aquellos objetos sin ninguna nostalgia que tanto valor guardaban para él, comenzaron a adquirir un sentido en mi consciencia. Se hizo el silencio. El subastador parecía que iba a estrellar el mazo contra la tablilla y adjudicar la pieza a mi amigo, pero inesperadamente, detrás de nosotros se oyó una voz que dijo: ¡veinte mil! Mi amigo suspiró y con una voz demasiado tenue para la tensión que se respiraba, pero firme a la vez, seguro de sí mismo, dijo: treinta mil. Yo miré hacia atrás. El que había pujado era un hombre negro. Sus ojos lucían como dos estrellas que hubiera tomado prestadas del cielo y su piel brillaba con una luz fuera de lo normal. Lloraba, o eso me pareció. Los hombres negros también lloran. Quería preguntarle si tenía miedo; quería saber qué hacía allí entre todos nosotros, blancos, altivos, corrompidos por la usura, la devastación del alma, los herederos de quienes vendían seres humanos como animales, como esclavos, para lucrarse, para vivir más cómodamente en mansiones llenas de objetos sin nostalgia, sin el barniz de los recuerdos, sin aflicción, lacerantes, rancios, hoscos. Treinta mil a la una; treinta mil a las dos; ¡y treinta mil a las tres!
* * *
CAP. V
«¿Tienes los treinta mil?»; «los conseguiré», me dijo mi amigo. Me quedé en el pasillo de acceso a la sala de subastas mientras él entraba en uno de los despachos para formalizar la compra del cuadro. No entiendo demasiado de arte, pero estaba seguro de que mi amigo había pagado un precio excesivo por aquella pintura. Su valor no podía ser otro que el sentimental. En una esquina permanecía el hombre negro que había pujado al final. Me miraba de soslayo. Yo no podía evitar observarle, parecía esperar a alguien. Su expresión era apacible y desentonaba en aquel ambiente ajetreado de hombres de negocios especuladores de arte. Me acerqué hacia él. Sentía el impulso de saber quién era, por qué había alzado la última cifra que había hecho que mi amigo subiera el precio diez mil euros más. No parecía un hombre rico, tampoco un especulador, ni siquiera un entendido en arte. Su ropa era humilde. Llegué a su lado y quise preguntarle quién era, pero en vez de ello le extendí la mano para presentarme. Él me miró y sonrió, y sin darme tiempo a hablar esgrimió «Soy Roberto Martín». Me sorprendí. No esperaba aquella contestación. Me habló con ese acento caribeño cálido y cercano. Imaginé entonces que todo había sido un engaño para hacer que mi amigo comprara el cuadro y, además, por una cifra desorbitada. Sin embargo, la expresión de aquel hombre negro me decía que había algo detrás de aquel teatro que no lograba comprender. Yo le encomié a que prosiguiera y me contestó:
«Mi tatarabuela fue secuestrada en África por los colonos portugueses y vendido en su propia tierra a los españoles. No era más que una niña. La encadenaron y la metieron junto con muchos hombres raptados y vendidos en el Goizeko Izarra. Tuvo la fortuna de no enfermar durante el viaje, fue forzada por el capataz Juan Salvador Martín. Llegó a Cuba donde fue desembarcada y vendida al cacique de una plantación de caña de azúcar, mas ya guardaba la simiente de una nueva vida en su vientre. Yo soy su descendiente y lo que te estoy contando me lo fue transmitido por mi padre, y a éste por el suyo. Hoy, por fin, he conocido al hijo del hijo de quien nos robó y compró, y también mezcló su sangre con la nuestra, y nos vendió después. He visto su cara y he reconocido la faz de un pobre diablo como quien fecundó a mi abuela. No le odio, no le odio. Hace tiempo habría querido matarle, quitarle la vida como sus antepasados hicieron con los míos, pero ahora sé que no serviría para nada»
Entonces, saqué la carta que guardaba en el bolsillo interior de la chaqueta y se la entregué. Él me miró y me dijo: «no me debes nada. El dinero de la venta será para mí. Mi señor, me regaló el cuadro. Siempre supe cómo llegamos allí. Lo tuve mucho tiempo, todos mis antepasados sirvieron en la casa de los Íñiguez, y siempre supimos que aquel barco fue el que nos llevó a la esclavitud. Ellos me ayudaron a hacer publicidad de este cuadro para averiguar quien se interesaba por él, tienen muchas influencias, y su valor no es tanto, por lo que sólo podría atraer a un comprador interesado por su historia». Yo le dije, «Vine del lugar donde se esconden las pruebas de tu pasado. Traje el documento que testifica la titularidad del buque que llevó a tu familia Cuba. Quien ha comprado el cuadro, es tu familia. Y lo que ahora te entrego es el testimonio cruel de quien engendró a la ascendencia de quien procedes. No supe por qué vine hasta aquí con ella en el bolsillo, pero ahora lo sé. Esta carta me ha traído hasta a ti». Extendió la mano, tomó el sobre, me sonrió por última vez y se marchó.
No hablé con mi amigo de esto nunca jamás. Sé que el cuadro ahora está en aquella galería junto a todos los objetos sin nostalgia que yacen allí. Y también sé que mientras viva mi amigo, se pasará la vida escondiendo su pasado en Quinta Martiena. Y arrastrará las cadenas que hicieron de él quien es; un esclavo de su memoria. Más esclavo que el criollo que vi llorar cuando encontró su pasado.
—FIN—
Se convino que la subasta se realizara en Euros. Mi amigo ocupaba una de las butacas centrales del salón de Christie’s y yo estaba junto a él. Decidí tomarme unos días de vacaciones. Lo pensé bien. Le llamé por teléfono al día siguiente de entrar en su casa de Mundaka y le propuse que iría yo mismo con el título de propiedad del Goizeko Izarra hasta Londres. Era la ocasión perfecta, siempre me invitaba y yo no encontraba la ocasión. Hacía tiempo que no estaba en la ciudad del Támesis y echaba de menos sus museos, sus pubs y su metro abarrotado. Por otro lado, guardaba la carta del truhán del sobrino de su tatarabuelo, Juan Salvador, con la que no sabía muy bien qué hacer. Me desperté aquella mañana con la intención de volver a la mansión y devolverla al cajón de donde la había cogido. Otra opción habría sido guardar una fotocopia, pero me pareció absurdo conservar para mí un recuerdo que no me pertenecía y que, por otro lado, me daba náuseas poseer. Tampoco estaba seguro de si mi amigo sabía de la existencia de aquélla misiva y, si la conocía, qué sentido tenía para él. No imaginaba en él ningún orgullo por un pasado familiar de semejante ralea, aunque muy posiblemente, era bien sabido el modo en el que sus antepasados amasaron fortuna más allá del océano. Decidí entonces viajar hasta Londres y hablar con él. Quería transmitirle la conmoción con la que leí aquel documento, mas también tenía la necesidad de saber si todo aquel miedo extraño por los objetos que me invadió tenía algo que ver con todo ese pasado oscuro del que nunca jamás se encuentran pruebas; si él mismo era parte de esa eternidad maldita que inunda la oquedad de esa vida invisible que nunca vemos, desposeída de nostalgia. Además, todos mis recuerdos se habían trastocado, de algún modo lacerados por unos hechos que estaban ocultos en un cajón. O quizá eran todos aquellos cachivaches los que delataban su herencia misteriosa, un pretérito ignominioso que ocultó bajo la apariencia de una persona normal. Hacía años que no le veía. Cuando salí de Quinta Martiena, yo no era ya la misma persona. O todos los recuerdos felices que yo tuve de esa casa en la que pasé tanto tiempo jugando y divirtiéndome, habían cambiado repentinamente de polaridad. No dormí bien esa noche. Imaginaba al joven Juan Salvador Martín, exultante y orgulloso de pertenecer a una casta superior, fustigando a aquellos africanos secuestrados y vendidos como esclavos. Junto a él, el capitán Agirre, iracundo, dando las órdenes para que los hombres y mujeres (y niños) enfermos, o mareados, o hambrientos, o simplemente asustados, fueran encadenados en fila. Sabía que embadurnaban la cubierta con grasa, empujaban a los primeros al agua y todos caían en fila deslizándose por el combés hasta la regala y después al mar. No podía dejar de pensar en ello. Todo las vivencias que me unían a mi amigo y Quinta Martiena se habían convertido en una pesadilla continua. Las imágenes de los retratos de sus antepasados expuestos en el corredor de la casa, las figuras de bailarinas, las piezas de orfebrería hechas con monedas, cachimbas usadas, pamelas, machetes oxidados, vitolas enormes de cigarros puros, relojes de bolsillo parados, camafeos, dedales de porcelana, cachavas, botas de montar, botones dorados, anteojos, pitilleras de plata. Y mi amigo; y su padre, y su abuelo. Dios mío, todo su pasado estaba en aquella galería en la que no me atrevía a volver a entrar.
Mi amigo me recibió encantado. Le pareció buena idea que yo mismo le llevara el documento y de paso me quedara unos días con él. Sería genial conocer a su familia y de paso volver a recorrer South End juntos. Llegué el día anterior a la subasta, pero no me atreví a comentarle nada de la carta, tampoco de mi experiencia en la mansión de su familia. Había logrado convencer a su suegro y tenía el dinero con el que completar la compra si fuera necesario. La puja comenzó. El cuadro estaba expuesto en un caballete a un lado de la tarima en cuyo centro se sentaban los notarios. Al otro extremo, el subastador explicaba la procedencia y credenciales de la obra que se iba a vender. “HMS Man Of War Glatton’s fire”. El subastador explicó que el cuadro había sido cedido a la galería para su subasta por una familia de la alta sociedad británica que deseaba conservar el anonimato. El Glatton era un bergantín de tres palos, de aparejo redondo y 120 cañones en línea. Navegaba en un mar azul y blanco, en el fondo se veía la costa difuminada y el buque escupía fuego por la banda de babor en el lado derecho de la pintura. En el centro se veía la popa de otro bergantín y parte de su aleta estribor, ligeramente escorado, más adelante su trinquete caía destartalado hacia la banda escorada. Bajo la toldilla, pintado de blanco, se podía leer muy claro: «Goiseco Isarra». La marina era estupenda, el azul del cielo y el océano, la espuma de un mar atenazado por un incipiente temporal, el rojo del fuego de los cañones, los dos navíos y al fondo una grisácea tierra desconocida. Aunque yo sabía que se trataba de Cuba. La cifra de salida eran mil euros. Mi amigo levantó la mano: mil cien; otro hombre más adelante y que se había pasado la tarde adquiriendo varias piezas de valor, levantó también la mano: mil doscientos; mi amigo levantó el brazo otra vez: mil trescientos; mil cuatrocientos; mil quinientos; mil seiscientos. Hubo una pausa y mi amigo pujó en voz alta dos mil. El hombre dijo tres mil. Mi amigo cruzó las piernas con un ademán de nerviosismo: tres mil: cuatro mil, cinco mil; seis mil. El asunto comenzaba a adquirir cifras importantes. El subastador levantó el macillo de madera con el que adjudicaba las adquisiciones, pero antes de que bajara el brazo, mi amigo chilló: ocho mil. El hombre, que había permanecido de espaldas a nosotros durante todo el tiempo, volvió la cabeza. Tenía bigote y su pelo era blanco, vestía muy elegantemente, pulcro y sobrio. Volvió a enfilar el torso hacia el estrado y dijo: diez mil. Mi amigo tornó la vista hacia mí, aunque no creo que yo fuera el objeto de su visión. Volvió a recomponer su postura inicial y dijo: quince mil. Yo, entonces, me acerqué y le dije al oído en español: «¿te has vuelto loco? ¿Tanto vale ese cuadro para ti?»; y él me contestó «no te imaginas cuánto». Instintivamente, me llevé la mano al bolsillo interior de la chaqueta donde tenía la carta de Juan Salvador Martín. Volví a mirar a mi amigo que se debatía en aquel aire enrarecido por el dinero y la usura. Todo comenzaba a cobrar algo de sentido. Me acordé otra vez de la galería de Quinta Martiena y del despacho de su padre, o de su abuelo, o de sus antepasados. Todos aquellos objetos sin ninguna nostalgia que tanto valor guardaban para él, comenzaron a adquirir un sentido en mi consciencia. Se hizo el silencio. El subastador parecía que iba a estrellar el mazo contra la tablilla y adjudicar la pieza a mi amigo, pero inesperadamente, detrás de nosotros se oyó una voz que dijo: ¡veinte mil! Mi amigo suspiró y con una voz demasiado tenue para la tensión que se respiraba, pero firme a la vez, seguro de sí mismo, dijo: treinta mil. Yo miré hacia atrás. El que había pujado era un hombre negro. Sus ojos lucían como dos estrellas que hubiera tomado prestadas del cielo y su piel brillaba con una luz fuera de lo normal. Lloraba, o eso me pareció. Los hombres negros también lloran. Quería preguntarle si tenía miedo; quería saber qué hacía allí entre todos nosotros, blancos, altivos, corrompidos por la usura, la devastación del alma, los herederos de quienes vendían seres humanos como animales, como esclavos, para lucrarse, para vivir más cómodamente en mansiones llenas de objetos sin nostalgia, sin el barniz de los recuerdos, sin aflicción, lacerantes, rancios, hoscos. Treinta mil a la una; treinta mil a las dos; ¡y treinta mil a las tres!
* * *
CAP. V
«¿Tienes los treinta mil?»; «los conseguiré», me dijo mi amigo. Me quedé en el pasillo de acceso a la sala de subastas mientras él entraba en uno de los despachos para formalizar la compra del cuadro. No entiendo demasiado de arte, pero estaba seguro de que mi amigo había pagado un precio excesivo por aquella pintura. Su valor no podía ser otro que el sentimental. En una esquina permanecía el hombre negro que había pujado al final. Me miraba de soslayo. Yo no podía evitar observarle, parecía esperar a alguien. Su expresión era apacible y desentonaba en aquel ambiente ajetreado de hombres de negocios especuladores de arte. Me acerqué hacia él. Sentía el impulso de saber quién era, por qué había alzado la última cifra que había hecho que mi amigo subiera el precio diez mil euros más. No parecía un hombre rico, tampoco un especulador, ni siquiera un entendido en arte. Su ropa era humilde. Llegué a su lado y quise preguntarle quién era, pero en vez de ello le extendí la mano para presentarme. Él me miró y sonrió, y sin darme tiempo a hablar esgrimió «Soy Roberto Martín». Me sorprendí. No esperaba aquella contestación. Me habló con ese acento caribeño cálido y cercano. Imaginé entonces que todo había sido un engaño para hacer que mi amigo comprara el cuadro y, además, por una cifra desorbitada. Sin embargo, la expresión de aquel hombre negro me decía que había algo detrás de aquel teatro que no lograba comprender. Yo le encomié a que prosiguiera y me contestó:
«Mi tatarabuela fue secuestrada en África por los colonos portugueses y vendido en su propia tierra a los españoles. No era más que una niña. La encadenaron y la metieron junto con muchos hombres raptados y vendidos en el Goizeko Izarra. Tuvo la fortuna de no enfermar durante el viaje, fue forzada por el capataz Juan Salvador Martín. Llegó a Cuba donde fue desembarcada y vendida al cacique de una plantación de caña de azúcar, mas ya guardaba la simiente de una nueva vida en su vientre. Yo soy su descendiente y lo que te estoy contando me lo fue transmitido por mi padre, y a éste por el suyo. Hoy, por fin, he conocido al hijo del hijo de quien nos robó y compró, y también mezcló su sangre con la nuestra, y nos vendió después. He visto su cara y he reconocido la faz de un pobre diablo como quien fecundó a mi abuela. No le odio, no le odio. Hace tiempo habría querido matarle, quitarle la vida como sus antepasados hicieron con los míos, pero ahora sé que no serviría para nada»
Entonces, saqué la carta que guardaba en el bolsillo interior de la chaqueta y se la entregué. Él me miró y me dijo: «no me debes nada. El dinero de la venta será para mí. Mi señor, me regaló el cuadro. Siempre supe cómo llegamos allí. Lo tuve mucho tiempo, todos mis antepasados sirvieron en la casa de los Íñiguez, y siempre supimos que aquel barco fue el que nos llevó a la esclavitud. Ellos me ayudaron a hacer publicidad de este cuadro para averiguar quien se interesaba por él, tienen muchas influencias, y su valor no es tanto, por lo que sólo podría atraer a un comprador interesado por su historia». Yo le dije, «Vine del lugar donde se esconden las pruebas de tu pasado. Traje el documento que testifica la titularidad del buque que llevó a tu familia Cuba. Quien ha comprado el cuadro, es tu familia. Y lo que ahora te entrego es el testimonio cruel de quien engendró a la ascendencia de quien procedes. No supe por qué vine hasta aquí con ella en el bolsillo, pero ahora lo sé. Esta carta me ha traído hasta a ti». Extendió la mano, tomó el sobre, me sonrió por última vez y se marchó.
No hablé con mi amigo de esto nunca jamás. Sé que el cuadro ahora está en aquella galería junto a todos los objetos sin nostalgia que yacen allí. Y también sé que mientras viva mi amigo, se pasará la vida escondiendo su pasado en Quinta Martiena. Y arrastrará las cadenas que hicieron de él quien es; un esclavo de su memoria. Más esclavo que el criollo que vi llorar cuando encontró su pasado.
—FIN—
.
Chuff!!
miércoles, diciembre 02, 2009
Quinta Martiena - Cap III
La luz no es algo, ni es nada. Quizá solamente sea un motivo.
Una vez que la misión que me había llevado hasta allí había sido terminada, tenía tiempo para explorar por mi cuenta cuanto quisiera. Me quedé mirando el sobre e instintivamente introduje los dedos para sacar las cuartillas que había adentro. Comencé a leer:
Una vez que la misión que me había llevado hasta allí había sido terminada, tenía tiempo para explorar por mi cuenta cuanto quisiera. Me quedé mirando el sobre e instintivamente introduje los dedos para sacar las cuartillas que había adentro. Comencé a leer:
Afectisimo tio Don Enrique y favorecedor mio:
Una ves finalisada la canpaña me anima madar noticias mias desde ultramar en La Habana. El navio se há resuelto gallardo en todos los mares y el capitan me da noticias de que envio á usted buena cuenta del viaje y del fuego sufrido por el navio ingles llamado el Glatton en las aguas cercanas al puerto de La Habana. Es por esta causa que todavia nos allamos con los trabajos de carpintería en la reparacion de la arboladura del trinquete que fue traspasado por una bala de cañon. El Capitan Aguirre dara cuenta a usted del daño sufrido y tambien del agravio de la marina real inglesa que quedo demandada mas el Glatton se dio a la fuga sin posibilidad de alcanse. Mas á Dios damos grasias por no traernos ninguna desgrasia mas que algun herido sin muerte. Solamente cinco negros de los que usamos para azuzar el cabestrante del ancla fueron muertos pues despues de sus heridas no nos servian para nada ni tampoco para mercadear con ellos. Los demas esclavos fueron todos bien vendidos en tres lotes a los caciques del azucar y hora llevamos dias cargando las mercaderias para el viaje de vuelta ron tabaco azucar á lo mas de todo. El ron bien estibado es mejor que los negros porque se mueve menos y el barco es mas duro con la mar atravesada y tambien el azucar y sacos y barriles estibados uno si otro no en el plan de la bodega nos va á favorecer sobremanera. Tengo a bien decirle a usted las gracias por emplearme en su navio. Me empeño para escribano que me á dicho Don Aguirre que estaré dispuesto en la siguiente campaña si le viene á usted bien en emplearme para la marineria como desta vez. Don Aguirre dara buena cuenta de mis buenas artimañas para domar a los negros que compramos silvestres a los portugueses de Cabo Verde. Don Aguirre le dara cuenta deque los portugueses amañan la venta con un negro inservible por cuatro fuertes y las negras tienen que ser fuertes y mozas para que les entre el celo una vez arribados al ultramar porque desta forma los caciques ahorranse mucha plata deaqui á algunos años. Embarcamos 520 negros y llegamos 330 dellos y 190 se perdieron bien porque enfermaron y los hubimos de tirar a la mar para asi mejor alimentar a los sanos. Estas bestias son muy chillones y no conprenden nuestro idioma ni tampoco el portugues y chillan mucho cuando van cayendo amarrados en fila por la borda. Don Aguirre y el piloto Leciñena cuidan mucho destos animales para no restar beneficios á usted y ellos conosen que mi padre es hermano de mi tia su esposa de usted doña Francisca Martin y ques por eso que se vigilan de no facer fechorias para no caer en desgrasia con usted su señor. Doile esta carta al piloto del Burgoa questa misma tarde parte para las vascongadas y á de llegar antes quel Goiseco Isarra.
Me despido de usted agradesido.
Juan Salvador Martin un servidor
En La Habana á 11 de noviembre del año de nuestro Señor de 1831
Volví a leerla. Esta vez con más soltura, una vez acostumbrado a la desastrosa caligrafía del tal Juan Salvador Martín. La introduje de nuevo en su sobre y la dejé en el cajón, lo cerré y volví a poner la llave en el hueco oculto sobre el listón inferior de la mesa. Me levanté aturdido y me acerqué al ventanal. El sol de aquella tarde de julio comenzaba a enviar sus sombras escuetas y la luz se mecía mansamente sobre la marisma. Imaginé a aquella gente raptada por los portugueses y vendida después al Goizeko Izarra, e imaginé al capitán Agirre y a toda la tripulación haciendo subir a esa pobre gente encadenada de pies y manos y arrojados después a la bodega como animales. Lloré. Me preguntaba si los negros no lloran. Sí lloran, lo había visto muchas veces, entonces, ¿no había nada que les hiciera sentir piedad? ¿A nadie de aquella tripulación? El capitán, el piloto y otros podrían ser unos truhanes, pero ¿y los demás? ¿Serían tan cafres todos como el pobre Juan Salvador como para no sentir nada en absoluto por aquella gente? Demasiadas preguntas. Me sequé las lágrimas. El paquete de kleenex seguía sobre la mesa y me acordé de él, me acerqué otra vez a la mesa y lo cogí. El cajón estaba allí cerrado con la carta de Juan Salvador Martín a su tío Enrique. Metí la mano bajo la mesa, cogí la llave, abrí el cajón y saqué la carta que metí en el bolsillo del pantalón.
Todas mis sensaciones se confirmaron cuando volvía por la galería, aumentadas, y me estallaba la cabeza. Palpaba el exterior de mi chaqueta para asegurarme de que llevaba la escritura y después el bolsillo del pantalón ratificando el testimonio del sobrino de don Enrique. Me quemaba. Las imágenes de sus antepasados me observaban mientras andaba. A mitad de camino, ante la mirada de una lechuza muy blanca y de ojos amarillos enormes que me instigaba, eché a correr; abrí la puerta impetuosamente, la cerré de nuevo dando dos vueltas a la llave y bajé las escaleras. Me paré bajo la palmera y otra vez inicié el ritual, un tic, para asegurarme de que ambas pruebas seguían conmigo. La luz de la tarde quería revelarme algo, las sombras, la hierba alta que escondía el camino, el zarzal que atravesaba la verja, me hablaban del presente, de la vida, y el viento me susurraba que solamente la luz me salvaría.
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Este capítulo está dedicado a todos los que habéis llegado hasta aquí. (Continuará...)
Este capítulo está dedicado a todos los que habéis llegado hasta aquí. (Continuará...)
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Chuff!!
lunes, noviembre 30, 2009
Quinta Martiena - Cap II
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A veces nos empeñamos en hacer difícil lo fácil, con frases rebuscadas y palabras imposibles, cuando en la sencillez está la solución. El camino más simple puede conducir a la belleza y el más complicado a la destrucción de la hermosura.
Este capítulo quiero dedicárselo a Virgi, por sus halagos y palabras amables. Gracias.
**********
Era un sábado de julio. La verja de la entrada se puede entreabrir forzándola un poco, todo lo que la vegetación silvestre lo permite, casi no se advierte el caminito que conduce hasta las escaleras que suben al rellano del portal. Nada más entrar en el antiguo jardín, que ahora es casi una selva subtropical, me arrebataron los recuerdos; cómo dejábamos las bicis de cualquier manera bajo las palmeras y echábamos a correr tratando de evitar a sus padres y tíos que merodeaban quisquillosos. La entrada tiene una de esas puertas de dos alas de madera maciza y herrajes sobrios con grandes remaches, con la pintura casi desaparecida o cuarteada. La cerradura todavía funcionaba bien, las cosas antiguas no se instalaban con fecha de caducidad. Comencé a subir las escaleras interiores. Adentro, la luz proviene de unas claraboyas escarpadas en el tejado y en esa época del año no echas casi nunca de menos la luz artificial. También se abrió bien la puerta de su vivienda. El pasillo es enorme, ancho y largo, con cuadros en las paredes y repleto de muebles con estantes, vidrieras y arcones. Los cachivaches expuestos se sucedían mientras recorría la galería. Los recuerdos, entonces, no me fueron tan claros como cuando me adentré en el jardín; la visión de las figuras expuestas tras las vidrieras y las estanterías me parecieron menos diáfanas que en los tiempos de nuestros juegos, oscuras; eran objetos a los que el tiempo había borrado el barniz de la nostalgia; me sobrevino un temor abstracto, invadido de la memoria de un lugar inhóspito por el que una vez hube de pasar para llegar al paraíso. De algún modo, recobré esa extraña sensación de no reconocer la procedencia de las cosas, un misterio insano, reconocí un sentimiento de desposesión, mi renuncia a la curiosidad infantil innata por miedo a una edad inalcanzable y pretérita que me hostigaba, que me asediaba con sombras de un pasado enigmático y secreto. Objetos eternos de un tiempo indefinido y muerto a la vez. No quise entretenerme demasiado, por lo menos, hasta que no hubiera terminado con la misión que me había llevado hasta allí. Recorrí el largo pasillo y entré directamente en el despacho del padre de mi amigo.
Estaba en penumbra y se respiraba un aire rancio, de una densidad hosca y profusa, la temperatura, muy fresca, contrastaba con el calor exterior; abrí la ventana y dejé que la luz inundara el despacho por completo. Entonces, un sentimiento insólito me invadió, algo parecido a la soledad y el miedo, y me sentí totalmente extraño a aquel mundo lleno de recuerdos ajenos, recuerdos de un exotismo recargado e indescifrable. Sobre uno de los tabiques había una cabeza de jabalí disecada, también había otros trabajos de taxidermia por toda la habitación; un loro rojo, azul y amarillo y otras aves que no pude identificar. El suelo está forrado de unos azulejos en los que se dibujan rombos de varios tamaños, ocres y blancos, muy desgastado. La estancia está rodeada de armarios con baldas llenas de libros y muchos trastos antiguos. Pistolas de avancarga, una carabina colgada, un sable; pero también adornaban los estantes y encimeras objetos curiosos y extraños; flechas, una cerbatana y sus dardos, collares o abalorios de rituales, plumas. Frente a una de las ventanas, separada a unos dos metros de ella, estaba el escritorio. Una gran mesa que me pareció de caoba, negra, sobre la que estaba dispuesto un plumier con su tintero, un secante, un cortaplumas de marfil, una caja de puros y una campanilla como la que suele haber en la recepción de los hoteles. Me senté ante la mesa como me había instruido mi amigo. Palpé con la mano derecha bajo uno de los listones que reforzaban longitudinalmente el lado inferior y encontré una llave con la que debía abrir el primer cajón (el segundo se abría simplemente sacando hacia fuera el primero). Había muchos papeles y comencé a estornudar por la repentina invasión de ácaros. Saqué del bolsillo mi sempiterno compañero paquete de kleenex y lo puse sobre la mesa. Muchos de los documentos estaban cuarteados, por lo que evité deshacer sus dobleces. Busqué con ahínco la escritura que, tal como me había descrito mi amigo, estaba doblada en un tríptico rectangular y en cuya cabecera se podía leer: «Acta del título de propiedad de la bricbarca Goiseco Isarra» y más abajo «Don Enrique de Gardeazábal y Velasco». Pronto lo encontré. Lo desplegué con mucho cuidado, aunque no completamente por miedo a quebrar el viejo papel. Pude leer párrafos formales de la época escritos a imprenta y con espacios en los que se había rellenado a mano la información correspondiente a la titularidad del navío en cuestión. Allí estaba su nombre escrito: «Goiseco Isarra»; fechado el 12 de septiembre de 1829, en Madrid, y firmado por el Ilustre notario don Julián Gálvez Díaz de Corcuera. Estornudé, pero gracias a dios aparté a tiempo el documento antes de que mi saliva desperdigada lo echara a perder. El aspaviento hizo que me sobresaltara y pensé en las terribles consecuencias para mi amigo si la escritura se estropeaba. Me levanté de la silla instantáneamente y, al hacerlo, observé cómo un sobre se deslizaba entre los papeles y caía al suelo. Me agaché para recogerlo y leí las señas del destinatario escritas con una caligrafía burda y trastocada: Señor don Enrique de Gardeazabal; Quinta Martiena; Mundaca Vizaya; España. Y el remite: Juan Salvador Martin, sobrino de Gardeazabal; La Habana; Cuba. Me volví a sentar ante el escritorio; guardé la escritura en el bolsillo interior de mi chaqueta y me quedé mirando el sobre que acaba de recoger del piso de rombos bajo mis pies. La solapa estaba lacrada, pero el borde superior había sido cortado por la arista, posiblemente con el cortaplumas de marfil que aún estaba sobre esa misma mesa.
(Continuará...)
Chuff!!
A veces nos empeñamos en hacer difícil lo fácil, con frases rebuscadas y palabras imposibles, cuando en la sencillez está la solución. El camino más simple puede conducir a la belleza y el más complicado a la destrucción de la hermosura.
Este capítulo quiero dedicárselo a Virgi, por sus halagos y palabras amables. Gracias.
Era un sábado de julio. La verja de la entrada se puede entreabrir forzándola un poco, todo lo que la vegetación silvestre lo permite, casi no se advierte el caminito que conduce hasta las escaleras que suben al rellano del portal. Nada más entrar en el antiguo jardín, que ahora es casi una selva subtropical, me arrebataron los recuerdos; cómo dejábamos las bicis de cualquier manera bajo las palmeras y echábamos a correr tratando de evitar a sus padres y tíos que merodeaban quisquillosos. La entrada tiene una de esas puertas de dos alas de madera maciza y herrajes sobrios con grandes remaches, con la pintura casi desaparecida o cuarteada. La cerradura todavía funcionaba bien, las cosas antiguas no se instalaban con fecha de caducidad. Comencé a subir las escaleras interiores. Adentro, la luz proviene de unas claraboyas escarpadas en el tejado y en esa época del año no echas casi nunca de menos la luz artificial. También se abrió bien la puerta de su vivienda. El pasillo es enorme, ancho y largo, con cuadros en las paredes y repleto de muebles con estantes, vidrieras y arcones. Los cachivaches expuestos se sucedían mientras recorría la galería. Los recuerdos, entonces, no me fueron tan claros como cuando me adentré en el jardín; la visión de las figuras expuestas tras las vidrieras y las estanterías me parecieron menos diáfanas que en los tiempos de nuestros juegos, oscuras; eran objetos a los que el tiempo había borrado el barniz de la nostalgia; me sobrevino un temor abstracto, invadido de la memoria de un lugar inhóspito por el que una vez hube de pasar para llegar al paraíso. De algún modo, recobré esa extraña sensación de no reconocer la procedencia de las cosas, un misterio insano, reconocí un sentimiento de desposesión, mi renuncia a la curiosidad infantil innata por miedo a una edad inalcanzable y pretérita que me hostigaba, que me asediaba con sombras de un pasado enigmático y secreto. Objetos eternos de un tiempo indefinido y muerto a la vez. No quise entretenerme demasiado, por lo menos, hasta que no hubiera terminado con la misión que me había llevado hasta allí. Recorrí el largo pasillo y entré directamente en el despacho del padre de mi amigo.
Estaba en penumbra y se respiraba un aire rancio, de una densidad hosca y profusa, la temperatura, muy fresca, contrastaba con el calor exterior; abrí la ventana y dejé que la luz inundara el despacho por completo. Entonces, un sentimiento insólito me invadió, algo parecido a la soledad y el miedo, y me sentí totalmente extraño a aquel mundo lleno de recuerdos ajenos, recuerdos de un exotismo recargado e indescifrable. Sobre uno de los tabiques había una cabeza de jabalí disecada, también había otros trabajos de taxidermia por toda la habitación; un loro rojo, azul y amarillo y otras aves que no pude identificar. El suelo está forrado de unos azulejos en los que se dibujan rombos de varios tamaños, ocres y blancos, muy desgastado. La estancia está rodeada de armarios con baldas llenas de libros y muchos trastos antiguos. Pistolas de avancarga, una carabina colgada, un sable; pero también adornaban los estantes y encimeras objetos curiosos y extraños; flechas, una cerbatana y sus dardos, collares o abalorios de rituales, plumas. Frente a una de las ventanas, separada a unos dos metros de ella, estaba el escritorio. Una gran mesa que me pareció de caoba, negra, sobre la que estaba dispuesto un plumier con su tintero, un secante, un cortaplumas de marfil, una caja de puros y una campanilla como la que suele haber en la recepción de los hoteles. Me senté ante la mesa como me había instruido mi amigo. Palpé con la mano derecha bajo uno de los listones que reforzaban longitudinalmente el lado inferior y encontré una llave con la que debía abrir el primer cajón (el segundo se abría simplemente sacando hacia fuera el primero). Había muchos papeles y comencé a estornudar por la repentina invasión de ácaros. Saqué del bolsillo mi sempiterno compañero paquete de kleenex y lo puse sobre la mesa. Muchos de los documentos estaban cuarteados, por lo que evité deshacer sus dobleces. Busqué con ahínco la escritura que, tal como me había descrito mi amigo, estaba doblada en un tríptico rectangular y en cuya cabecera se podía leer: «Acta del título de propiedad de la bricbarca Goiseco Isarra» y más abajo «Don Enrique de Gardeazábal y Velasco». Pronto lo encontré. Lo desplegué con mucho cuidado, aunque no completamente por miedo a quebrar el viejo papel. Pude leer párrafos formales de la época escritos a imprenta y con espacios en los que se había rellenado a mano la información correspondiente a la titularidad del navío en cuestión. Allí estaba su nombre escrito: «Goiseco Isarra»; fechado el 12 de septiembre de 1829, en Madrid, y firmado por el Ilustre notario don Julián Gálvez Díaz de Corcuera. Estornudé, pero gracias a dios aparté a tiempo el documento antes de que mi saliva desperdigada lo echara a perder. El aspaviento hizo que me sobresaltara y pensé en las terribles consecuencias para mi amigo si la escritura se estropeaba. Me levanté de la silla instantáneamente y, al hacerlo, observé cómo un sobre se deslizaba entre los papeles y caía al suelo. Me agaché para recogerlo y leí las señas del destinatario escritas con una caligrafía burda y trastocada: Señor don Enrique de Gardeazabal; Quinta Martiena; Mundaca Vizaya; España. Y el remite: Juan Salvador Martin, sobrino de Gardeazabal; La Habana; Cuba. Me volví a sentar ante el escritorio; guardé la escritura en el bolsillo interior de mi chaqueta y me quedé mirando el sobre que acaba de recoger del piso de rombos bajo mis pies. La solapa estaba lacrada, pero el borde superior había sido cortado por la arista, posiblemente con el cortaplumas de marfil que aún estaba sobre esa misma mesa.
(Continuará...)
Chuff!!
Quinta Martiena - Cap. I
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Este verano pasado presencié como oyente unas jornadas muy interesantes sobre construcción naval desde el medioevo hasta nuestros días, también sobre la tradicional y casi extinta carpintería de ribera, que organizó el Ayuntamiento de Plentzia, Bizkaia. El último día, el concejal de cultura se despidió dándonos las gracias a los asistentes, así como a los ponentes, y nos prometió para el verano siguiente unas nuevas jornadas sobre la historia de la villa, muy ligada a la tradición naval y marinera, para lo cual nos pidió, en aquel mismo momento, que le aportáramos ideas. Surgieron algunos tópicos relacionados a la contribución que a la marina mercante dio esa ciudad en los S. XIX y XX. Yo intervine proponiendo que se hablara sobre el comercio de esclavos. Todo el mundo se me quedó mirando como si hubiera levantado una piedra bajo la cual se escondían culebras. Uno de los ponentes reaccionó enseguida y apoyó mi sugerencia. Pronto se reinstauró el diálogo y todo el mundo reconoció que aquel comercio tuvo su esplendor en muchos puertos, también en Plentzia, y que con él se lucró gran parte de la oligarquía del momento. Por lo que, a fin de cuentas, mi sugerencia no cayó en saco roto (como me suele pasar casi siempre) y prometieron acometer el tópico, aunque eso sí, serían pocas las pruebas escritas (y lo son) con las que se puede documentar este tema, ya que, aún entonces siendo relativamente legal (en España dejó de serlo en 1835 más o menos, pero no en otros países y menos en Centroamérica y el Caribe), el asunto siempre era tratado con eufemismos y un cierto tabú y encubrimiento. El dinero, a fin de cuentas, no tiene color ni olor y su rastro en seguida se olvida si con él medran los bolsillos de casi todo el mundo. Lo mismo ha pasado con otros comercios y es hipócrita pensar que no nos hemos beneficiado con ellos o por ellos.
Mis conocimientos sobre este asunto son casuales. Además de las leyendas que han pasado de boca en boca por algunas familias desde hace cuatro o cinco generaciones, hay poco donde investigar al respecto. Quiero decir, que en el continente, donde realmente se cerraban los grandes negocios y se controlaban los tráficos de mercancías, también de esclavos, los cárteles no se preocuparon, precisamente, de dejar constancia de sus negocios con carne humana de una forma, llamémoslo, honrada o sincera. Hoy diríamos que no era políticamente correcto, un eufemismo muy recurrente para no llamar a las cosas por su nombre. No es así en América, adonde llegaban familias enteras desposeídas de todo cuanto la vida les había otorgado al otro lado del océano; tierra, identidad y libertad; esto es, la constancia fehaciente de aquel comercio inhumano está en aquellas tierras, latente en cada rincón de América. Pero un día, como digo, casualmente me topé con una de esas pruebas que dejan para la posteridad el rastro del dinero que nos hizo ser quienes somos. Aunque insistamos en mirar para otro lado.
Ocurrió el verano anterior a este en el que asistí a las jornadas y que mencioné al comienzo. Un amigo mío que vive en Londres me llamó un día inesperadamente para que le hiciera un favor urgentísimo. En la semana siguiente debía asistir a una subasta organizada por la galería de arte Christie’s. Tenía la intención de adquirir un cuadro cuya particularidad era que un navío del Admirantalgo, el «Glatton», cañoneaba a otro. Ese «otro» era el «Goiseco Isarra», cuyo armador fue un tatarabuelo de mi amigo. El valor del cuadro podría dispararse y él no disponía de suficiente liquidez para hacer frente a semejante gasto. Para ello debía pedir prestado cierta cantidad de dinero a su suegro, un hombre poco proclive al altruismo y quien solamente accedería a su petición si éste era capaz de demostrar que el barco acosado por el Glatton perteneció efectivamente a su familia, tal y como mi amigo aseguraba. Por eso, me llamó y me pidió que acudiera a su antigua casa de verano, cerrada a cal y canto desde hacía años, y buscara unas escrituras que guardaba como oro en paño por tratarse de un recuerdo familiar en sus momentos de gloria. La casa es una quinta de indianos llamada Martiena que se halla en el municipio de Mundaka, junto a la ría de Gernika. Es la típica construcción que levantaban los que venían de las indias occidentales cargados de fortuna; con dos palmeras en el jardín de entrada, escaleronas, verjas y contraventanas de madera. Llevaba tiempo sin habitar, una pena, y todo por fuera estaba muy descuidado y desvencijado (aún lo está). No me extrañaría que cualquier día fuera adquirida por alguna caja de ahorros o un organismo oficial o municipal, pero eso es otra historia. Mi amigo, no diré su nombre, no se fiaba de su familia para tal recado; sus tías son muy mayores y sus primos serían capaces de robarle muchas de las cosas que él consideraba tesoros y no solamente almoneda para anticuarios. En fin, yo debía de ser la persona adecuada. Me dijo dónde encontrar las llaves en casa de sus tías y, una vez informado de cómo y dónde hurgar en la casa, me pidió encarecidamente que cogiera las escrituras y se las mandara por courier a su dirección de Londres. Por supuesto, yo no puse inconvenientes, muy al contrario, me apetecía volver a ver la casa que había sido sede de juegos y escaramuzas en la época de nuestra infancia en aquel pueblo de la costa. Me acuerdo que en los sótanos había una mesa de billar, otra de ping-pong, y por una de las salidas de una tapia lateral se accedía directamente a un pequeño y recogido cementerio en el que descansaban todos sus familiares desde que su tatarabuelo edificara la mansión. Para nosotros, algo así como un parque de atracciones eternamente gratuito. Más tarde, las mesas de billar fueron arrinconadas y sustituidas por tresillos y muebles en desuso, y el desván reconvertido en una boite para nuestros frecuentes guateques veraniegos. Un lujo. Pero todo aquello terminó cuando sus padres murieron en un accidente y la herencia quedó en entredicho con unos tíos suyos. Un desastre. En realidad, no sé muy bien a quién pertenece esa casa ahora, y si no está derruida será por alguna nueva ordenanza que prohíbe el derribo de tan ostentosa e histórica edificación. No lo sé, pero de lo que sí estoy seguro es de que mi amigo todavía guarda sus cosas en la planta que ocupaban sus padres y la llave de la vivienda deshabitada la esconde en el cajón oculto de una alacena en la cocina de la casa de sus tías. Un ardid genial, porque sus tías no se enteran de nada y además lo quieren como a un hijo, o puede que más, porque no le hacen preguntas inconvenientes.
Mis conocimientos sobre este asunto son casuales. Además de las leyendas que han pasado de boca en boca por algunas familias desde hace cuatro o cinco generaciones, hay poco donde investigar al respecto. Quiero decir, que en el continente, donde realmente se cerraban los grandes negocios y se controlaban los tráficos de mercancías, también de esclavos, los cárteles no se preocuparon, precisamente, de dejar constancia de sus negocios con carne humana de una forma, llamémoslo, honrada o sincera. Hoy diríamos que no era políticamente correcto, un eufemismo muy recurrente para no llamar a las cosas por su nombre. No es así en América, adonde llegaban familias enteras desposeídas de todo cuanto la vida les había otorgado al otro lado del océano; tierra, identidad y libertad; esto es, la constancia fehaciente de aquel comercio inhumano está en aquellas tierras, latente en cada rincón de América. Pero un día, como digo, casualmente me topé con una de esas pruebas que dejan para la posteridad el rastro del dinero que nos hizo ser quienes somos. Aunque insistamos en mirar para otro lado.
Ocurrió el verano anterior a este en el que asistí a las jornadas y que mencioné al comienzo. Un amigo mío que vive en Londres me llamó un día inesperadamente para que le hiciera un favor urgentísimo. En la semana siguiente debía asistir a una subasta organizada por la galería de arte Christie’s. Tenía la intención de adquirir un cuadro cuya particularidad era que un navío del Admirantalgo, el «Glatton», cañoneaba a otro. Ese «otro» era el «Goiseco Isarra», cuyo armador fue un tatarabuelo de mi amigo. El valor del cuadro podría dispararse y él no disponía de suficiente liquidez para hacer frente a semejante gasto. Para ello debía pedir prestado cierta cantidad de dinero a su suegro, un hombre poco proclive al altruismo y quien solamente accedería a su petición si éste era capaz de demostrar que el barco acosado por el Glatton perteneció efectivamente a su familia, tal y como mi amigo aseguraba. Por eso, me llamó y me pidió que acudiera a su antigua casa de verano, cerrada a cal y canto desde hacía años, y buscara unas escrituras que guardaba como oro en paño por tratarse de un recuerdo familiar en sus momentos de gloria. La casa es una quinta de indianos llamada Martiena que se halla en el municipio de Mundaka, junto a la ría de Gernika. Es la típica construcción que levantaban los que venían de las indias occidentales cargados de fortuna; con dos palmeras en el jardín de entrada, escaleronas, verjas y contraventanas de madera. Llevaba tiempo sin habitar, una pena, y todo por fuera estaba muy descuidado y desvencijado (aún lo está). No me extrañaría que cualquier día fuera adquirida por alguna caja de ahorros o un organismo oficial o municipal, pero eso es otra historia. Mi amigo, no diré su nombre, no se fiaba de su familia para tal recado; sus tías son muy mayores y sus primos serían capaces de robarle muchas de las cosas que él consideraba tesoros y no solamente almoneda para anticuarios. En fin, yo debía de ser la persona adecuada. Me dijo dónde encontrar las llaves en casa de sus tías y, una vez informado de cómo y dónde hurgar en la casa, me pidió encarecidamente que cogiera las escrituras y se las mandara por courier a su dirección de Londres. Por supuesto, yo no puse inconvenientes, muy al contrario, me apetecía volver a ver la casa que había sido sede de juegos y escaramuzas en la época de nuestra infancia en aquel pueblo de la costa. Me acuerdo que en los sótanos había una mesa de billar, otra de ping-pong, y por una de las salidas de una tapia lateral se accedía directamente a un pequeño y recogido cementerio en el que descansaban todos sus familiares desde que su tatarabuelo edificara la mansión. Para nosotros, algo así como un parque de atracciones eternamente gratuito. Más tarde, las mesas de billar fueron arrinconadas y sustituidas por tresillos y muebles en desuso, y el desván reconvertido en una boite para nuestros frecuentes guateques veraniegos. Un lujo. Pero todo aquello terminó cuando sus padres murieron en un accidente y la herencia quedó en entredicho con unos tíos suyos. Un desastre. En realidad, no sé muy bien a quién pertenece esa casa ahora, y si no está derruida será por alguna nueva ordenanza que prohíbe el derribo de tan ostentosa e histórica edificación. No lo sé, pero de lo que sí estoy seguro es de que mi amigo todavía guarda sus cosas en la planta que ocupaban sus padres y la llave de la vivienda deshabitada la esconde en el cajón oculto de una alacena en la cocina de la casa de sus tías. Un ardid genial, porque sus tías no se enteran de nada y además lo quieren como a un hijo, o puede que más, porque no le hacen preguntas inconvenientes.
(Continuará...)
Chuff!!
miércoles, noviembre 25, 2009
La isla, el glaciar y un país llamado Corazón
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Dedicado a ff : Una vez que te encontraron las palabras tu rastro no se puede borrar.
Dime qué límites tienen las islas. Densidades varias, inconsistencias inoportunas. No es acaso mi cuerpo la mayor isla de todas; aquí es donde vivo, tan solo, y si no fuera por la fortuna de tener dos vigías, a nadie encañonaría con mi mirada.
Congelé un corazón un día. Para ello empleé todo un glaciar, con su lengua helada y su pendiente resbaladiza. Ahora tiene unos millones de años, casi es una piedra de nada. Pero hoy, esta noche, lo rescaté del frío paralizante y lo hice temblar. Lo llené de la sangre del aire y el sol, también de la lluvia, y la del mar y la de todas las estrellas del cielo. Y, ¿sabes? Lo oigo palpitar.
Dime qué límites tiene un corazón. Acaso no se hundió el glaciar por su propio peso. Acaso no se salvó el corazón. Otra isla. Una isla. Y un país sin límites que se llama... Corazón.
Un abrazo (especialmente a ff)
Chuff!!
Dedicado a ff : Una vez que te encontraron las palabras tu rastro no se puede borrar.
Dime qué límites tienen las islas. Densidades varias, inconsistencias inoportunas. No es acaso mi cuerpo la mayor isla de todas; aquí es donde vivo, tan solo, y si no fuera por la fortuna de tener dos vigías, a nadie encañonaría con mi mirada.
Congelé un corazón un día. Para ello empleé todo un glaciar, con su lengua helada y su pendiente resbaladiza. Ahora tiene unos millones de años, casi es una piedra de nada. Pero hoy, esta noche, lo rescaté del frío paralizante y lo hice temblar. Lo llené de la sangre del aire y el sol, también de la lluvia, y la del mar y la de todas las estrellas del cielo. Y, ¿sabes? Lo oigo palpitar.
Dime qué límites tiene un corazón. Acaso no se hundió el glaciar por su propio peso. Acaso no se salvó el corazón. Otra isla. Una isla. Y un país sin límites que se llama... Corazón.
Un abrazo (especialmente a ff)
Chuff!!
domingo, noviembre 22, 2009
Recuerdos
Ha pasado tanto tiempo. Ni siquiera estoy seguro de que aquel sol que alumbraba mis días sea el mismo que me alumbra ahora. Las escaleras que llevaban a la vieja atalaya derruida estaban acosadas por las zarzas, siempre en penumbra, y la humedad había hecho del pasadizo un lugar lleno de huellas sin ninguna historia. Allí estuvieron las nuestras, y de tanto subir y bajar hicimos de ese camino un atajo imprescindible para nuestros sueños de adolescentes. Porque arriba está el mundo abierto verde y azul; están las ruinas del galpón al borde del acantilado, rodeado de una hierba salvaje y muy alta en la que nos tumbábamos para reír y no hacer absolutamente nada, más que mirar. Es un paisaje impresionante donde el horizonte parece la frontera de un país desconocido. Ha pasado tanto tiempo. No sé si esas piedras caídas de la atalaya seguirán allí recordando que alguien en algún tiempo remoto vigilaba el paso de las ballenas. Tampoco están las viejas losas de las escaleras, ni las huellas de los que subíamos y bajábamos por ellas, ni las hojas secas de los zarzales desparramadas con el mismo alboroto con el que vivieron. A alguien le gusta tirarlo todo, cambiarlo. Y las ballenas se cansaron del acoso incesante del los vigías y los arpones. Todo está tan vacío.
Chuff!!
PD: Esta es una de mis fotografías rescatada del baúl de los recuerdos.
miércoles, noviembre 18, 2009
El mercado
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A la mañana habíamos estado viendo el Mercado del Pescado de Tokio. Me impresionó todo aquello, jamás vi algo así. Los clientes parecían satisfechos con nosotros, eso me dijo mi amigo Fujima. El colofón consistía en una cena que había organizado, muy ceremonial, me dijo. Era importante sentarse a la mesa con ellos, parte del rito comercial, porque eran japoneses. Yo le pregunté si no sería irreverente que asistiera un occidental, además teniendo en cuenta que a duras penas me podía hacer entender, por el idioma. Pero Jujima insistió; aunque vivía en Londres desde hacía unos años, él era nipón por los cuatro costados, de cuerpo y alma. De hecho —me dijo— sería descortés por mi parte rechazar la invitación.
El restaurante estaba en una calle bulliciosa y había que bajar unas escaleras. Nos habían reservado una habitación decorada con esa sobriedad que imprime el lujo oriental. En una pared estaban colgadas dos catanas en sus vainas y en las esquinas dos armaduras de guerra en sus perchas; en el centro un juego de te. Guardia, paciencia y reflexión. En los tabiques adyacentes había unos biombos de bambú y papiro, adornados con motivos campestres. La pared contigua consistía en un panel de entramado rectangular cubierto de vidrio blanco muy opaco donde quedaba disimulada la puerta corrediza por donde se accedía al comedor. En el centro, una mesa rectangular muy baja, negra, rodeada de esterillas acolchadas para sentarse.
Me indicaron dónde debía situarme, junto a mi compañero, lo cual agradecí porque además era inevitablemente mi intérprete salvador. Ellos dos se sentaron frente a nosotros.
De detrás de los biombos salieron cuatro mujeres muy jóvenes vestidas con kimonos, impecables. Su peinado era una obra de arte; su maquillaje, sin ser exagerado, embellecía su expresión. Una vez acomodados empezaron a traer bandejas con comida sin que ninguno de nosotros hubiéramos pedido nada de ello. Fujima me dijo luego que todo estaba previsto. Comenzamos a comer. También nos ofrecieron sake que traían en unas jarras que vertían en nuestras jícaras, también un té suave que bebíamos en unos vasos de cristal. Me fijé en las muchachas, cómo se movían y nos atendían, todo en ellas era muy ceremonioso y sofisticado y nunca dejaban de sonreír y asentir con la cabeza. Cada una estaba vestida de un color diferente, rojo, blanco, azul y verde, los kimonos estaban adornados con dragones y árboles, con puestas de sol y estrellas; eran de una seda muy brillante y agradable a la vista y al tacto. Si no tenían nada que servir, se quedaban sentadas en la posición de loto junto a cada uno de nosotros. A mí me parecía un tanto excesiva su constante y servicial presencia, pero que podía asumir como parte de aquel ritual al que evidentemente desconocía. Le pegunté con discreción a mi amigo si eran geishas, pero él sólo me sonrió sin decirme nada más. No estaba seguro de si ellas podían entender mi inglés, porque seguramente su alta educación no les permitía entablar conversación fuera de los cánones formales a los que estaban sometidas. Eso es muy riguroso en ciertos ambientes en Japón, sobre todo en las mujeres. Eso pensé, o quise pensar.
Bebimos mucho. Todos acabamos sudando. Seguramente yo fui el más comedido con el sake, porque en cierta forma me sentía inseguro y no quería estropear nada, ni ponerme en ridículo, ni deshonrar a mi amigo. Así que tuve mucho cuidado de no beber más que lo que el decoro y la confianza me permitían en aquella situación. Habíamos terminado de comer y ellos no hacían más que hablar en japonés. Fujima se había cansado de traducir o su ebriedad ya no le permitía interpretar nada en otro idioma que no fuera el de su niñez. Yo me sentía ridículo, me dolía la espalda y no sabía qué decir. En un momento dado, uno de los invitados empezó a besar a una de las muchachas que seguía sonriendo como si aquel gesto fuera algo normal. Lo mismo empezó a hacer el otro. Yo no sabía hacia donde mirar. En esto, Fujima se volvió hacia mí y con un acento japonés con el que nunca le había oído expresarse, me dijo que la chica que estaba a mi lado se llamaba Mariko. Mariko tenía el kimono azul celeste y una faja que le rodeaba la cintura, color hueso, y acababa anudada con lazo enorme por detrás. Se acercó a mí y comenzó a acariciarme la nuca y a decirme cosas al oído que no podía entender. Quise explicarle que no hablaba su idioma y le hacía preguntas estúpidas que sabía que no iba a contestar. Miré a Fujima y todo el sake que bullía por mis venas pareció concentrarse en mi corazón en décimas de segundo; estaba desnudando a la chica que tenía a su lado sin que ella dejara de sonreír, aún más, parecía complacida por ello. Miré a mis clientes, seguían sudando como cerdos, riendo y hablando muy alto; ellas sin embargo les besaban y acariciaban.
Estaban desnudas de cintura para arriba, las hombreras de sus kimonos se habían deslizado y colgaban sobre el ancho fajín dejando sus brazos y sus torsos al aire; todas menos Mariko, a quien yo daba largas constantemente. Jujima me hacía gestos con las manos, como quien le da ánimos a un niño para que comience a andar, me hablaba en japonés también, pero por su expresión entendí que todos, incluso Mariko, se enfadarían si yo no me unía a aquel ritual venéreo. Me dieron asco, los traders de pescado sobaban a las mujeres mientras ellas parecían divertirse y acompañaban las burdas y groseras maneras de éstos con caricias en sus genitales y en sus pechos bajo las semidesabrochadas camisas. Hablaban en alto y gesticulando con todo el cuerpo, también eructaban a menudo y no dejaban de beber. Yo estaba angustiado. Me vino a la cabeza las imágenes del trajín del pescado en los puestos del mercado, cómo los despiezaban con grandes machetes y la sangre fina de los atunes rociaba la cara y las manos de los pescaderos, cómo regateaban con los barandas que iban a comprar y se pasaban los billetes de dinero de unos a otros; el olor a las vísceras arrancadas y desperdigadas en cualquier lugar y los charcos en los desagües atascados con las partes inservibles de los animales. Le dije a Fujima que no me gustaban las prostitutas y que, si bien yo había cumplido con mi parte como anfitrión, ahora le tocaba a él respetar mis valores occidentales. Mariko dejó de sonreír como si hubiera entendido mis palabras a la perfección, ofendida, creyéndose ultrajada por un extranjero vulgar y maleducado; Fujima dejó su tacita en la mesa y con mucha parsimonia se sirvió más sake apartándole el brazo a su acompañante, con una brusquedad hosca y autoritaria. Me miró y me dijo: «hijo, eres tú el que me estás deshonrando ante mis amigos (nunca antes los había llamado así) y si no eres capaz comportarte como mi invitado harás que sea el hazmerreír del gremio para siempre; sin embargo, si accedes a nuestras costumbres, mañana nadie se acordará de lo que ha pasado aquí». Bebió un sorbo y continuó: «tampoco tú te acordarás. Ahora haz lo que tienes que hacer».
Desaparecí con Mariko tras el biombo, como habían hecho los demás. En la pared había otra puerta corrediza a la que se accedía a una pequeña habitación pintada de azul y futón de madera natural muy blanca, a juego con su vestido. Aquel detalle avivó mi malestar, por su vulgaridad desmedida. Mariko me desnudó y yo la desnudé también. Me dio una píldora que me tomé sin rechistar, supuse, para contrarrestar los efectos del alcohol en mi sexualidad abotargada. Me obligué a no pensar más y dejar que todo sucediera por sí sólo. Quise acariciarla, pero no había nada en aquel sitio, ni en ella misma, que me incitara sensualidad alguna y me dejé caer sobre la colcha rendido.
Al día siguiente, Fujima no me dijo nada. Ni siquiera me preguntó si lo había pasado bien, si me había gustado la comida o si había algo por lo que me quisiera interesar. Me entregó una carpeta con el tender firmado por los clientes que dejó caer sobre el mostrador de la recepción del hotel mientras firmaba la cuenta de mi corta estancia. Es curioso, porque mi colega había tenido razón: durante mucho tiempo aquel suceso en el restaurante desapareció de mi memoria. Cada vez que he hablado de mi experiencia en el país del sol naciente, siempre recordé a sus gentes, sus calles bulliciosas y sus costumbres ceremoniosas e introvertidas, su machismo soslayado y su afición al pescado, pero jamás hablé de aquellas acompañantes ni de la angustia que me hicieron sentir aquellos hombres obscenos. Ahora recuerdo a Mariko y no puedo evitar sentir rencor por mi amigo al hacerme pasar por aquel trago. Él sabe que me sentí mal y yo sé que aquélla mujer joven que me atendió, se sitió gravemente ofendida por mi actitud. O quizá no. Jamás lo sabré.
El restaurante estaba en una calle bulliciosa y había que bajar unas escaleras. Nos habían reservado una habitación decorada con esa sobriedad que imprime el lujo oriental. En una pared estaban colgadas dos catanas en sus vainas y en las esquinas dos armaduras de guerra en sus perchas; en el centro un juego de te. Guardia, paciencia y reflexión. En los tabiques adyacentes había unos biombos de bambú y papiro, adornados con motivos campestres. La pared contigua consistía en un panel de entramado rectangular cubierto de vidrio blanco muy opaco donde quedaba disimulada la puerta corrediza por donde se accedía al comedor. En el centro, una mesa rectangular muy baja, negra, rodeada de esterillas acolchadas para sentarse.
Me indicaron dónde debía situarme, junto a mi compañero, lo cual agradecí porque además era inevitablemente mi intérprete salvador. Ellos dos se sentaron frente a nosotros.
De detrás de los biombos salieron cuatro mujeres muy jóvenes vestidas con kimonos, impecables. Su peinado era una obra de arte; su maquillaje, sin ser exagerado, embellecía su expresión. Una vez acomodados empezaron a traer bandejas con comida sin que ninguno de nosotros hubiéramos pedido nada de ello. Fujima me dijo luego que todo estaba previsto. Comenzamos a comer. También nos ofrecieron sake que traían en unas jarras que vertían en nuestras jícaras, también un té suave que bebíamos en unos vasos de cristal. Me fijé en las muchachas, cómo se movían y nos atendían, todo en ellas era muy ceremonioso y sofisticado y nunca dejaban de sonreír y asentir con la cabeza. Cada una estaba vestida de un color diferente, rojo, blanco, azul y verde, los kimonos estaban adornados con dragones y árboles, con puestas de sol y estrellas; eran de una seda muy brillante y agradable a la vista y al tacto. Si no tenían nada que servir, se quedaban sentadas en la posición de loto junto a cada uno de nosotros. A mí me parecía un tanto excesiva su constante y servicial presencia, pero que podía asumir como parte de aquel ritual al que evidentemente desconocía. Le pegunté con discreción a mi amigo si eran geishas, pero él sólo me sonrió sin decirme nada más. No estaba seguro de si ellas podían entender mi inglés, porque seguramente su alta educación no les permitía entablar conversación fuera de los cánones formales a los que estaban sometidas. Eso es muy riguroso en ciertos ambientes en Japón, sobre todo en las mujeres. Eso pensé, o quise pensar.
Bebimos mucho. Todos acabamos sudando. Seguramente yo fui el más comedido con el sake, porque en cierta forma me sentía inseguro y no quería estropear nada, ni ponerme en ridículo, ni deshonrar a mi amigo. Así que tuve mucho cuidado de no beber más que lo que el decoro y la confianza me permitían en aquella situación. Habíamos terminado de comer y ellos no hacían más que hablar en japonés. Fujima se había cansado de traducir o su ebriedad ya no le permitía interpretar nada en otro idioma que no fuera el de su niñez. Yo me sentía ridículo, me dolía la espalda y no sabía qué decir. En un momento dado, uno de los invitados empezó a besar a una de las muchachas que seguía sonriendo como si aquel gesto fuera algo normal. Lo mismo empezó a hacer el otro. Yo no sabía hacia donde mirar. En esto, Fujima se volvió hacia mí y con un acento japonés con el que nunca le había oído expresarse, me dijo que la chica que estaba a mi lado se llamaba Mariko. Mariko tenía el kimono azul celeste y una faja que le rodeaba la cintura, color hueso, y acababa anudada con lazo enorme por detrás. Se acercó a mí y comenzó a acariciarme la nuca y a decirme cosas al oído que no podía entender. Quise explicarle que no hablaba su idioma y le hacía preguntas estúpidas que sabía que no iba a contestar. Miré a Fujima y todo el sake que bullía por mis venas pareció concentrarse en mi corazón en décimas de segundo; estaba desnudando a la chica que tenía a su lado sin que ella dejara de sonreír, aún más, parecía complacida por ello. Miré a mis clientes, seguían sudando como cerdos, riendo y hablando muy alto; ellas sin embargo les besaban y acariciaban.
Estaban desnudas de cintura para arriba, las hombreras de sus kimonos se habían deslizado y colgaban sobre el ancho fajín dejando sus brazos y sus torsos al aire; todas menos Mariko, a quien yo daba largas constantemente. Jujima me hacía gestos con las manos, como quien le da ánimos a un niño para que comience a andar, me hablaba en japonés también, pero por su expresión entendí que todos, incluso Mariko, se enfadarían si yo no me unía a aquel ritual venéreo. Me dieron asco, los traders de pescado sobaban a las mujeres mientras ellas parecían divertirse y acompañaban las burdas y groseras maneras de éstos con caricias en sus genitales y en sus pechos bajo las semidesabrochadas camisas. Hablaban en alto y gesticulando con todo el cuerpo, también eructaban a menudo y no dejaban de beber. Yo estaba angustiado. Me vino a la cabeza las imágenes del trajín del pescado en los puestos del mercado, cómo los despiezaban con grandes machetes y la sangre fina de los atunes rociaba la cara y las manos de los pescaderos, cómo regateaban con los barandas que iban a comprar y se pasaban los billetes de dinero de unos a otros; el olor a las vísceras arrancadas y desperdigadas en cualquier lugar y los charcos en los desagües atascados con las partes inservibles de los animales. Le dije a Fujima que no me gustaban las prostitutas y que, si bien yo había cumplido con mi parte como anfitrión, ahora le tocaba a él respetar mis valores occidentales. Mariko dejó de sonreír como si hubiera entendido mis palabras a la perfección, ofendida, creyéndose ultrajada por un extranjero vulgar y maleducado; Fujima dejó su tacita en la mesa y con mucha parsimonia se sirvió más sake apartándole el brazo a su acompañante, con una brusquedad hosca y autoritaria. Me miró y me dijo: «hijo, eres tú el que me estás deshonrando ante mis amigos (nunca antes los había llamado así) y si no eres capaz comportarte como mi invitado harás que sea el hazmerreír del gremio para siempre; sin embargo, si accedes a nuestras costumbres, mañana nadie se acordará de lo que ha pasado aquí». Bebió un sorbo y continuó: «tampoco tú te acordarás. Ahora haz lo que tienes que hacer».
Desaparecí con Mariko tras el biombo, como habían hecho los demás. En la pared había otra puerta corrediza a la que se accedía a una pequeña habitación pintada de azul y futón de madera natural muy blanca, a juego con su vestido. Aquel detalle avivó mi malestar, por su vulgaridad desmedida. Mariko me desnudó y yo la desnudé también. Me dio una píldora que me tomé sin rechistar, supuse, para contrarrestar los efectos del alcohol en mi sexualidad abotargada. Me obligué a no pensar más y dejar que todo sucediera por sí sólo. Quise acariciarla, pero no había nada en aquel sitio, ni en ella misma, que me incitara sensualidad alguna y me dejé caer sobre la colcha rendido.
Al día siguiente, Fujima no me dijo nada. Ni siquiera me preguntó si lo había pasado bien, si me había gustado la comida o si había algo por lo que me quisiera interesar. Me entregó una carpeta con el tender firmado por los clientes que dejó caer sobre el mostrador de la recepción del hotel mientras firmaba la cuenta de mi corta estancia. Es curioso, porque mi colega había tenido razón: durante mucho tiempo aquel suceso en el restaurante desapareció de mi memoria. Cada vez que he hablado de mi experiencia en el país del sol naciente, siempre recordé a sus gentes, sus calles bulliciosas y sus costumbres ceremoniosas e introvertidas, su machismo soslayado y su afición al pescado, pero jamás hablé de aquellas acompañantes ni de la angustia que me hicieron sentir aquellos hombres obscenos. Ahora recuerdo a Mariko y no puedo evitar sentir rencor por mi amigo al hacerme pasar por aquel trago. Él sabe que me sentí mal y yo sé que aquélla mujer joven que me atendió, se sitió gravemente ofendida por mi actitud. O quizá no. Jamás lo sabré.
Chuff!!
martes, noviembre 17, 2009
El olor de una eternidad
.
Chuff!!
Estuvimos de acuerdo en no dejarnos llevar siempre por corazonadas. Fue una decisión repentina, te marchabas.
Hoy era el día. Aquí estoy, en el lugar donde te prometí que estaría cuando volvieras. Es bonito, me gusta, el viejo faro hace guardia en la peña de la atalaya y si el día es claro y te subes sobre el granito, puedes ver todo el mar desde Ogoño hasta Santa Catalina. Justo lo que nos gusta a los dos.
Ahora soy yo el que se va. Te toca a ti. Supuse que cantarías mi canción y me traerías flores, pero —¿sabes?— eso no es lo único que deseo para toda una eternidad.
Hueles bien y huele a rosas y a miel. Y ahora que estás aquí, también huele a mar. Justo lo que nos gusta a los dos.
Hoy era el día. Aquí estoy, en el lugar donde te prometí que estaría cuando volvieras. Es bonito, me gusta, el viejo faro hace guardia en la peña de la atalaya y si el día es claro y te subes sobre el granito, puedes ver todo el mar desde Ogoño hasta Santa Catalina. Justo lo que nos gusta a los dos.
Ahora soy yo el que se va. Te toca a ti. Supuse que cantarías mi canción y me traerías flores, pero —¿sabes?— eso no es lo único que deseo para toda una eternidad.
Hueles bien y huele a rosas y a miel. Y ahora que estás aquí, también huele a mar. Justo lo que nos gusta a los dos.
Chuff!!
domingo, noviembre 15, 2009
Papel de envolver
.
Intro E / Emaj7 / Amaj7 / B / E
E 022100 Emaj7 021100 Amaj7 002120
Asus2 002200 B 004440
E Emaj7 Amaj7 Asus2
I've broken your glass, called someone a dirty name
E Asus2 B
Made a nuisance of myself in front of friends
E Emaj7 Amaj7 Asus2
I've dug my own grave, please don't let me lie in it
E A B E
Instead let's bury everything that caused us pain
CHORUS
E Emaj7 A Asus2
Speak to me now, speak to me darling
E Emaj7 A Asus2
You're not a princess I'm not Prince Charming
E Emaj7 A Asus2
Speak with your tongue, use body language
E Asus2 B E
and pull your skin like wrapping paper round my heart
Sometimes I feel the kick has gone, it gets mundane
So I team up with the devil and make hell
But I'll hang on in as long as I know I've got you
As long as I know love's a cure that makes me well
(CHORUS, Instrumental verse)
We move around, drag ourselves from town to town
Wrap up lots of gifts and toys and China tea
But they don't feel nothin', they're just inanimate
They just go in suitcases and fly away
CHORUS (last line x3), Repeat Intro
No encontré el disco que buscaba. Era un mercado de segunda mano y disco antiguo; eso quiere decir que mi amigo Graham Parker todavía no es un dinosaurio, aunque tampoco es lo suficientemente actual como para permanecer en los anaqueles de la gloria en cualquier tienda de la ciudad. Bajé algunas canciones de su Struck by a lightning (lo siento, Graham): Wrappig paper y The kid with a butterfly net. Ambas son canciones que me entusiasman, las escucho ahora mientras escribo, pero me faltan las demás de ese álbum, y es que ni siquiera sé cómo se titulan. La vieja cinta magnética que tenía acabó hecha un higo de tanto pasarla en el coche. Cuántas veces he conducido contigo, tarareando tus melodías Llegará el día en que tú también serás una pieza demasiado antigua y acabarás en una caja de cartón, en el tablero de un mostrador de caballetes desmontables de mecanotubo de algún freaky como yo, en la calle de cualquier ciudad extranjera, muy lejos de donde naciste y a un precio de saldo. Estoy seguro de que cuentas con ello y —estoy seguro también— tampoco te importa. Dime, Graham, ¿lo pasaste bien en la vida? A mí me hiciste feliz un montón de veces.
La carretera que me lleva a casa está plagada de árboles y en verano anochece tan tarde que cuando salgo de trabajar aún está el sol cayendo perezoso. Me gusta ir despacito, elijo ese camino porque nadie va por ahí y me puedo entretener observando los caprichos de la luz entre las hojas de los tilos y los castaños. Canto mientras conduzco y me imagino que soy el único habitante de la tierra que quedó atrapado en ese espacio estrecho de carretera que llega hasta el mar. Imagino también que soy un loco que puede salvar al mundo de la estulticia y la avaricia cantando, sólo con tu canción, y mostrando las maravillas con las que la luz y las sombras me envuelven todas las tardes a través del parabrisas de mi coche. Y es que los colores, cuando están vivos, ejercen una fuerza sobrenatural sobre las cosas. Imagino también que soy yo quién descubro que con la música se puede curar a la gente de la tristeza y la soledad; que todos podemos ser mejores de lo que somos; que no hace falta vender lo que uno más ama para seguir viviendo, y que el aire y el viento, y el cielo, y el mar, son los símbolos de la libertad que elegimos porque son esos elementos los que hacen a la humanidad ser libres de verdad. Y yo lo sé, porque lo siento en la melodía de una canción que nunca deja de sonar en mi corazón.
Imaginé un álbum de fotografías en el que estábamos toda la humanidad; que pasaba las hojas entre papel de celofán y veía a gentes de todas las razas, famosos, ricos y pobres, niños, también a los muertos y a todos nuestros antepasados, y me entusiasmaba sabiéndolos a todos parte de mí, como una gran familia que siempre estuvo unida en la alegría y la tristeza. Y vosotros me veis cantar. Feliz.
Recuerdo que el año pasado compré un disco de Gretchen Peters, Tomorrow morning, porque tiene una canción que me conmueve: Child of mine. La escucho ahora, después de una pausa en mi redacción. A veces he de tomarme un respiro para volver a la realidad. Sé perfectamente en qué estación del año estoy. Quizá eso sea lo realmente injusto: saber que todos acabaremos igual que las viejas glorias, y que los sueños son eso: sueños nada más. Papel de envolver.
La carretera que me lleva a casa está plagada de árboles y en verano anochece tan tarde que cuando salgo de trabajar aún está el sol cayendo perezoso. Me gusta ir despacito, elijo ese camino porque nadie va por ahí y me puedo entretener observando los caprichos de la luz entre las hojas de los tilos y los castaños. Canto mientras conduzco y me imagino que soy el único habitante de la tierra que quedó atrapado en ese espacio estrecho de carretera que llega hasta el mar. Imagino también que soy un loco que puede salvar al mundo de la estulticia y la avaricia cantando, sólo con tu canción, y mostrando las maravillas con las que la luz y las sombras me envuelven todas las tardes a través del parabrisas de mi coche. Y es que los colores, cuando están vivos, ejercen una fuerza sobrenatural sobre las cosas. Imagino también que soy yo quién descubro que con la música se puede curar a la gente de la tristeza y la soledad; que todos podemos ser mejores de lo que somos; que no hace falta vender lo que uno más ama para seguir viviendo, y que el aire y el viento, y el cielo, y el mar, son los símbolos de la libertad que elegimos porque son esos elementos los que hacen a la humanidad ser libres de verdad. Y yo lo sé, porque lo siento en la melodía de una canción que nunca deja de sonar en mi corazón.
Imaginé un álbum de fotografías en el que estábamos toda la humanidad; que pasaba las hojas entre papel de celofán y veía a gentes de todas las razas, famosos, ricos y pobres, niños, también a los muertos y a todos nuestros antepasados, y me entusiasmaba sabiéndolos a todos parte de mí, como una gran familia que siempre estuvo unida en la alegría y la tristeza. Y vosotros me veis cantar. Feliz.
Recuerdo que el año pasado compré un disco de Gretchen Peters, Tomorrow morning, porque tiene una canción que me conmueve: Child of mine. La escucho ahora, después de una pausa en mi redacción. A veces he de tomarme un respiro para volver a la realidad. Sé perfectamente en qué estación del año estoy. Quizá eso sea lo realmente injusto: saber que todos acabaremos igual que las viejas glorias, y que los sueños son eso: sueños nada más. Papel de envolver.
Wrapping Paper lyrics
Artist - Graham Parker
Album - Struck by Lightning
Artist - Graham Parker
Album - Struck by Lightning
Intro E / Emaj7 / Amaj7 / B / E
E 022100 Emaj7 021100 Amaj7 002120
Asus2 002200 B 004440
E Emaj7 Amaj7 Asus2
I've broken your glass, called someone a dirty name
E Asus2 B
Made a nuisance of myself in front of friends
E Emaj7 Amaj7 Asus2
I've dug my own grave, please don't let me lie in it
E A B E
Instead let's bury everything that caused us pain
CHORUS
E Emaj7 A Asus2
Speak to me now, speak to me darling
E Emaj7 A Asus2
You're not a princess I'm not Prince Charming
E Emaj7 A Asus2
Speak with your tongue, use body language
E Asus2 B E
and pull your skin like wrapping paper round my heart
Sometimes I feel the kick has gone, it gets mundane
So I team up with the devil and make hell
But I'll hang on in as long as I know I've got you
As long as I know love's a cure that makes me well
(CHORUS, Instrumental verse)
We move around, drag ourselves from town to town
Wrap up lots of gifts and toys and China tea
But they don't feel nothin', they're just inanimate
They just go in suitcases and fly away
CHORUS (last line x3), Repeat Intro
Thank you, Graham. See you somewhere.
Chuff!!
viernes, noviembre 13, 2009
Aquel momento
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Me acuerdo de aquel momento. Pensé que solamente era una pose, tu mano izquierda en el bolsillo de tu pantalón vaquero y la derecha retirando el flequillo de esa melena tuya tan dulce, pero ahora sé que esa es la actitud con la que te enfrentas a la multitud de la calle. Lo sé porque también lo vi en las fotos que me enseñaste de tu niñez. Me quedé parado en la otra acera. Parece difícil hacerlo, pero contigo puedo conseguir pasar de la insatisfacción más absoluta a la pura delectación por la belleza. Lo tuyo es hermosura pura, rotunda, total. En el primer segundo quise llamarte, cruzar la calle y saludarte, pero eso habría sido como arrancar la flor más hermosa de un jardín. Por eso no me moví y dejé que te desvanecieras entre la multitud.
Otro mundo puede abarcar un corazón. Un mundo que ahoga. Acaso no es terrible vivir en el vacío de la nada, en la pestilente fealdad de la mediocridad, de esa rutina que nos esclaviza. Quiero verte otra vez. Otra vez.
Otro mundo puede abarcar un corazón. Un mundo que ahoga. Acaso no es terrible vivir en el vacío de la nada, en la pestilente fealdad de la mediocridad, de esa rutina que nos esclaviza. Quiero verte otra vez. Otra vez.
Chuff!!
sábado, noviembre 07, 2009
De tú a Tú - Revelaciones
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Alguna vez os he hablado de Galbarriatu, uno de mis personajes. Es un hombre de barrio, de la República Independiente de Deusto, muy normal; amigo de sus amigos y campeón de levantamiento de vidrio. Bueno, pues Galbarriatu tiene la gracia divina de que puede hablar con Dios directamente, de tú a Tú. Todas las mañanas, sin ir más lejos cuando se levanta de la cama Dios le pregunta de dónde quiere que le quite reliquias del cuerpo y él le contesta «de donde quieras: de la presbicia, del oído, del pelo, pero eso que Tú sabes, ni tocar». Y Dios le hace caso y por eso la potencia sexual la tiene casi como la de un chaval de veinte años, casi.
Galbarriatu suele cerrar todas las tabernas de la República. Un día, el tabernero ya no sabía dónde meterse. Pasaba la bayeta por el mostrador relimpio mientras Galbarriatu le hablaba sin parar.
—Tú sabes que ahora los premios Nobel se los dan a la gente por decir cosas de mucha ocurrencia— miraba al vino primero y luego a Txomin, el tabernero, mientras buscaba el ángulo idóneo para que la napia le entrara por el vaso—. Y yo ya estoy haciendo campaña porque— el timón entra a la vía y no tiene más remedio que dejar la frase en suspense— a mí se me ocurren sucedidos que pueden cambiar el mundo. Como lo oyes, Txomintxu.
El vino de azumbre peleón es lo que tiene, que a uno le deja la chaveta con una lucidez espectacular. Y Galbarriatu siempre tiene el vaso lleno y la materia gris lúcida como la de un premio Nobel.
—Galba, termínate ya el vino que vamos a cerrar.
—Me lo termino, pero tienes que prometerme que pondrás un cartel donde todos lo lean, detrás de la barra, ahí— y señala el espejo que hace también las veces de tablón de anuncios: «Hay caldo», «Lotería de Navidad», «Mañana se fía, hoy no»
A Txomin le importa un huevo el sucedido de Galbarriatu y con tal de que se termine el azumbre es capaz de colgar el testamento de su santa madre en el espejo o donde haga falta. Así que le dice que sí, que lo que quieras, Galba, pero termina que van a cerrar la calle.
«LAS COSAS NI SE ENSEÑAN NI SE APRENDEN, SE REVELAN»
Dicho así parece una tontería, pero si se piensa, esa frase es el principio de todo. Eso iba diciendo Galbarriatu por todos los sitios de la República. El letrero se lo había hecho la hija de la patrona de la casa donde se hospeda, que es informática, y luego se había gastado los cuartos sacando fotocopias tamaño DIN-A3. Esa tarde se recorrió todas las tabernas de la República Independiente de Deusto y no paró hasta que todas las fotocopias estuvieron bien pegadas donde todos las vieran. Un espectáculo grotesco, pero eficaz al fin y al cabo para el objetivo que perseguía.
«Estáis todos equivocados. Vais por la vida creyéndoos lo que os dicen y os lo aprendéis de memoria como si fueseis papagayos, pero hasta que no lo sufrís en vuestras carnes no os entra nada en la mollera. No hay nada que podáis enseñar tampoco. Todo lo que aprendéis y enseñáis no son más que espectros de la realidad, fantasmas, palabras vacías. Lo que realmente importa es lo que nos ocurre, la experiencia. Ya lo decía Confucio, quien se acercó un poco a lo que podríamos llamar la verdad: Lo que nos cuentan, lo olvidamos; lo que vemos, lo recordamos; pero lo que hacemos, lo aprendemos. La vida no es más que una revelación constante y solamente tomando conciencia de ello la humanidad podrá avanzar hacia un horizonte de conocimientos, esos que aún no alcanzamos a comprender ni de una forma somera. La palabra, el verbo, como vehículo de aprendizaje, ha quedado obsoleto. Éste no es más que una herramienta burda para adornar lo revelado ante nuestros sentidos. El lenguaje estuvo bien en su momento para comenzar a caminar, un primer paso, un andar a gatas, pero para alcanzar el fruto del árbol del conocimiento, de lo oculto ante nuestra capacidad de entendimiento actual, hace falta avanzar hacia nuevas formas de comunicación. Otro idioma donde la revelación sea el vehículo de comunicación»
Bueno, aquel día, creo yo, Galbarriatu llegó a casa con algún vino de más, porque la campaña fue prolija y se le secaba la boca de tanta revelación. Pero eso sí, convencido de que el siguiente premio Nobel de filosofía (que será, sin duda, instaurado por la divulgación de sus sucedidos) sería para él. Y es que tener comunicación directa con Dios no tiene parangón. Y si no, que se lo pregunten a la patrona de la casa donde se hospeda, dicen que la informática se parece a él.
Otro día más y mejor.
Chuff!!
Galbarriatu suele cerrar todas las tabernas de la República. Un día, el tabernero ya no sabía dónde meterse. Pasaba la bayeta por el mostrador relimpio mientras Galbarriatu le hablaba sin parar.
—Tú sabes que ahora los premios Nobel se los dan a la gente por decir cosas de mucha ocurrencia— miraba al vino primero y luego a Txomin, el tabernero, mientras buscaba el ángulo idóneo para que la napia le entrara por el vaso—. Y yo ya estoy haciendo campaña porque— el timón entra a la vía y no tiene más remedio que dejar la frase en suspense— a mí se me ocurren sucedidos que pueden cambiar el mundo. Como lo oyes, Txomintxu.
El vino de azumbre peleón es lo que tiene, que a uno le deja la chaveta con una lucidez espectacular. Y Galbarriatu siempre tiene el vaso lleno y la materia gris lúcida como la de un premio Nobel.
—Galba, termínate ya el vino que vamos a cerrar.
—Me lo termino, pero tienes que prometerme que pondrás un cartel donde todos lo lean, detrás de la barra, ahí— y señala el espejo que hace también las veces de tablón de anuncios: «Hay caldo», «Lotería de Navidad», «Mañana se fía, hoy no»
A Txomin le importa un huevo el sucedido de Galbarriatu y con tal de que se termine el azumbre es capaz de colgar el testamento de su santa madre en el espejo o donde haga falta. Así que le dice que sí, que lo que quieras, Galba, pero termina que van a cerrar la calle.
«LAS COSAS NI SE ENSEÑAN NI SE APRENDEN, SE REVELAN»
Dicho así parece una tontería, pero si se piensa, esa frase es el principio de todo. Eso iba diciendo Galbarriatu por todos los sitios de la República. El letrero se lo había hecho la hija de la patrona de la casa donde se hospeda, que es informática, y luego se había gastado los cuartos sacando fotocopias tamaño DIN-A3. Esa tarde se recorrió todas las tabernas de la República Independiente de Deusto y no paró hasta que todas las fotocopias estuvieron bien pegadas donde todos las vieran. Un espectáculo grotesco, pero eficaz al fin y al cabo para el objetivo que perseguía.
«Estáis todos equivocados. Vais por la vida creyéndoos lo que os dicen y os lo aprendéis de memoria como si fueseis papagayos, pero hasta que no lo sufrís en vuestras carnes no os entra nada en la mollera. No hay nada que podáis enseñar tampoco. Todo lo que aprendéis y enseñáis no son más que espectros de la realidad, fantasmas, palabras vacías. Lo que realmente importa es lo que nos ocurre, la experiencia. Ya lo decía Confucio, quien se acercó un poco a lo que podríamos llamar la verdad: Lo que nos cuentan, lo olvidamos; lo que vemos, lo recordamos; pero lo que hacemos, lo aprendemos. La vida no es más que una revelación constante y solamente tomando conciencia de ello la humanidad podrá avanzar hacia un horizonte de conocimientos, esos que aún no alcanzamos a comprender ni de una forma somera. La palabra, el verbo, como vehículo de aprendizaje, ha quedado obsoleto. Éste no es más que una herramienta burda para adornar lo revelado ante nuestros sentidos. El lenguaje estuvo bien en su momento para comenzar a caminar, un primer paso, un andar a gatas, pero para alcanzar el fruto del árbol del conocimiento, de lo oculto ante nuestra capacidad de entendimiento actual, hace falta avanzar hacia nuevas formas de comunicación. Otro idioma donde la revelación sea el vehículo de comunicación»
Bueno, aquel día, creo yo, Galbarriatu llegó a casa con algún vino de más, porque la campaña fue prolija y se le secaba la boca de tanta revelación. Pero eso sí, convencido de que el siguiente premio Nobel de filosofía (que será, sin duda, instaurado por la divulgación de sus sucedidos) sería para él. Y es que tener comunicación directa con Dios no tiene parangón. Y si no, que se lo pregunten a la patrona de la casa donde se hospeda, dicen que la informática se parece a él.
Otro día más y mejor.
Chuff!!
jueves, noviembre 05, 2009
Gracias
.
¿Quién sabe lo que esconden las palabras?
Dichas así, en el ámbito de un cuaderno de notas,
al pie de una página con demasiados borrones,
esos que borrará la memoria algún día.
Esconderán vuestro cariño y calor
y esconderán las nubes que atormentan
el cielo de mi tiempo aquí, ante esta pantalla.
Esconden quizá amor, amistad y consuelo.
Me hacéis muy feliz, sabedlo.
Es muy agradable teneros por amigos.
Simplemente no sé qué decir y eso
que soy un buscador de las palabras.
Pero es que no las encuentro,
y es que en el abecedario de nuestro idioma
no exiten las letras para fabricar un sintagma
que revele lo que siento por vosotros.
Os quiero tanto. Y gracias. Siempre gracias.
Chuff!!
¿Quién sabe lo que esconden las palabras?
Dichas así, en el ámbito de un cuaderno de notas,
al pie de una página con demasiados borrones,
esos que borrará la memoria algún día.
Esconderán vuestro cariño y calor
y esconderán las nubes que atormentan
el cielo de mi tiempo aquí, ante esta pantalla.
Esconden quizá amor, amistad y consuelo.
Me hacéis muy feliz, sabedlo.
Es muy agradable teneros por amigos.
Simplemente no sé qué decir y eso
que soy un buscador de las palabras.
Pero es que no las encuentro,
y es que en el abecedario de nuestro idioma
no exiten las letras para fabricar un sintagma
que revele lo que siento por vosotros.
Os quiero tanto. Y gracias. Siempre gracias.
Chuff!!
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